“En un mar tan grande no caben mis problemas tan pequeños”. Ella no sabía si era el murmullo de la espuma entre sus pies, pero una cosa era segura: no volvería a alejarse de ese lugar que le arrancaba de cuajo las costras anquilosadas sobre la piel, maceradas con el monóxido de los coches de la glorieta de José Abascal, una de las más contaminadas de Madrid, dónde se convertía en un ser pequeño e ignorado, cuya misión diaria e ineludible pasa por no llegar cada mañana más tarde de las nueve, y no salir cada tarde más tarde de las siete, como una pieza diminuta de una maquinaria ingente y absurda que repite día a día su letanía de semáforos que se abren y se cierran y sus oficinas funcionando a horario partido. “Ya no más”, y comenzó a pasear por la orilla.”
Esto es un fragmento de uno de los cuatro relatos que S., al leer el post anterior, se decidió a sacar al aire libre, a ver qué pasa. Lo que pasa es que a mí me han encantado. ¿Cuántas cosas maravillosas duermen en cajones cerrados, esperando, como la famosa bella, que las despierten? Quizá sea ya el momento. No seamos crueles de dejarlas dormidas otros 100 (¿o eran 1.000?) años. “¡Es hora de levantarse! ¡Joooo, otro ratito más…! ¡Ni hablar!”
Os copio otro a continuación, éste entero, por lo cortito:
Desde mi protegido rincón en la terraza puedo ver a dos niños de unos 6 años sentados en cuclillas frente a unos columpios. Me extraña verles tan quietos, uno al lado del otro, como manteniendo una conversación de adultos, sin mirarse. Uno de ellos lleva una gorra naranja y tiene cara de bueno. El otro no para de hablarle. Parecen estar esperando algo. A los cinco minutos se acerca otro niño más alto, de unos 8 años y les dice, “jó, pero si era la guerra, atacarnos o algo”, a lo que el de la gorra responde con los ojos como platos, y le dice: “ PERO SI ES QUE SOMOS LOS BUENOS!!”.